Ecos del Medioevo: el miedo a las epidemias.

Author: Mauricio /


Hoy (17 de mayo del 2009), cerca del medio día, el ministro de Salud Álvaro Erazo confirmó el primer caso de la mal llamada gripe porcina (después gripe humana y técnicamente llamada AH1N1). Se trata de una persona que venía desde República Dominicana en un vuelo de la empresa Copa, con una escala en Panamá. Una mujer de 37 años, la cual fue monitoreada en el Hospital del Tórax, siendo confirmada a las horas después como un caso positivo de influenza AH1N1. A las horas, se confirma el segundo caso de aquella influenza en Chile. También es una mujer, de 25 años, amiga del primer caso confirmado. Así, la epidemia que ha estado bajo el ojo de las noticias y de los miedos de nuestra actualidad llegó a nuestro país. Según la Organización Mundial de la Salud, los casos de infectados en el mundo llegarían a 8.480 personas, repartidas en 39 países; 72 son los casos fatales, mientras que éstos están repartidos en cuatro naciones: México (66 casos fatales), Estados Unidos (4 casos fatales), Canadá (1 caso fatal) y Costa Rica (1 caso fatal).

El miedo a la epidemia se ha instalado en la agenda de las más diversas organizaciones mundiales, estatales y empresas privadas, como también en lo cotidiano de nuestra existencia. Se ha transformado en un tema, del cual se extraen, mientras se mueve en nuestra cotidianeidad, preocupaciones, bromas, despreocupaciones, etc. Pero es un tema que ha llegado a la opinión de la sociedad. Más allá de debatir o revisar si tal elevación de esta noticia se justifica realmente, lo real es que se ha tornado una preocupación. Y es una preocupación real, en cuanto ésta existe. No es el centro, por lo menos en este pequeño escrito, dilucidar si AH1N1 es real o no, como algunas opiniones sugieren. El miedo está, y se ha movido en las más diversas capas de
nuestra sociedad.

(fig. 1: mujer con mascarilla para prevenir el contagio de la influenza AH1N1)

Se puede considerar al miedo como un patrón universal, en tanto es provocado por reacciones biológicas y estímulos nerviosos. Todos en nuestra actualidad hemos sentido miedo alguna vez; como también, en cada uno de los momentos del devenir histórico se ha sentido miedo por algo. Es la cultura, culturizar el miedo, lo que lo hace particular en los diferentes lugares del mundo, como también y al mismo tiempo, en los diferentes momentos de nuestra Historia. El miedo a la epidemia que hoy sienten algunas personas de nuestra sociedad, se sintió en el pasado. El Occidente medieval no queda afuera de aquella premisa.

En el año 1994 se publicó en L’Express, y posteriormente difundidas por Europe 1, una serie de entrevistas realizadas al historiador francés y uno de los máximos referentes de la escuela de los Annales (sí, escuela y no movimiento… por lo menos en aquel momento), Georges Duby (1919 - 1996). Estas entrevistas estuvieron a cargo de Michel Faure y François Clauss, para ser completadas por Fabianne Waks. En el año 1995, Les éditions Textuel publica en formato de libro aquellas entrevistas, bajo el título de “An 1000 An 2000, sur les traces de nos peurs”. El mismo año, en Chile, la Editorial Andrés Bello nos trae la traducción al español: “Año 1000, Año 2000: La huella de nuestros miedos”. En aquella obra, específicamente en uno de sus capítulos, el connotado medievalista francés nos expone el miedo a las epidemias que sentía el hombre del medioevo del año mil y en el siglo XIV, con la llegada a Europa de la Peste Negra. Me serviré de dicha obra para presentarles a ustedes una consonancia de nuestra actualidad con esa lejana Edad Media.

(fig. 2: portada de la edición francesa del libro de Georges Duby: “An 1000 An 2000, sur les traces de nos peurs”)

El medievalista francés nos presenta, sobre los miedos a las epidemias, dos grandes enfermedades que acontecieron en la Europa Medieval. Por un lado, en el siglo X, está el “mal de los ardientes”, y por otro, ya en el siglo XIV, tiene lugar la Peste Negra, que sucumbió a la población de Europa.

En el año mil, el miedo se concentraba en el mal de los ardientes. Era la preocupación de los cronistas en aquellos años. Duby, nos cita a unos de ellos, quien se refiere al fuego de San Antonio como “un fuego escondido que ataca un miembro, lo consume y lo despega del cuerpo. Esta horrible combustión devora completamente a los hombres en el curso de una sola noche”(1) . Le temían a algo desconocido, pues no sabían la causa y su remedio. El mismo cronista que cita Duby, y quien nos cuenta aquello, nos dice que los obispos de Aquitania, reunidos en una pradera, habían llevado reliquias de algunos santos y el cuerpo de San Marcial. El fuego de San Antonio cesó, lo que ayudaba a confirmar la mentalidad de la cristiandad medieval: ante un mal que se desconoce, se acude a lo sobrenatural.

Pero el mal de los ardientes no era lo peor, en cuanto a epidemias, por lo que tenía que pasar Europa. Lo peor llegaría en el siglo XIV, a consecuencia, paradójicamente, del desarrollo. El comercio europeo practicado por los genoveses y venecianos, que iban hasta Crimea, fue el responsable de llevar a Europa la Peste Negra. En uno de los navíos comerciantes que navegaban constantemente por el Mediterráneo, se trasladó la terrible peste. El sur de Italia se contagiaría en el año 1347. Vía Marsella, uno de los principales puertos de comercio del sur de Francia, la enfermedad llegó a Avignon, la nueva Roma, pues en aquel entonces ahí residía el Papa. Y para explicar la rápida expansión de la peste por el continente, Duby dice: “Y ya sabemos: todos los caminos conducen a Roma; pero también todos de allí empiezan”(2). La importancia de la nueva sede papal contribuyó a la expansión de la Peste Negra por casi toda Europa. Si bien no se manejan estadísticas de las muertes, se piensa que durante el verano del 1348 la pesadilla de la Peste Negra mermó a un tercio de la población europea. Las consecuencias en tan drástica disminución demográfica llegan a afectar a diferentes ámbitos de la sociedad del Occidente medieval. Por un lado, al disminuir a tal nivel la población, también se redujo el número de población que se repartiría los bienes, herencias y fortunas, como también se “alivió” a Europa del exceso de población. La peste siguió atacando al continente hasta comienzos del siglo XIV, cuando el cuerpo humano generó los anticuerpos necesarios para resistir. En aquel medio siglo, la Peste Negra atacaba a Europa cada cuatro o cinco años.


La muerte pulula por Europa. Se instala un temor a la epidemia que nunca antes se había conocido, arraigándose en la profundidad de la mentalidad de aquella sociedad. Georges Duby nos muestra como la catástrofe provocada por la Peste Negra influyó en el ámbito cultural, pues en la literatura llegará como tema lo macabro, mientras que en la pintura se instalan las imágenes de muertes, esqueletos, etc. Los jóvenes del Decameron de Giovanni Boccaccio, huyen de Florencia cuando la Peste Negra llega a la ciudad.


Algo semejante pasa hoy con el miedo a la influenza AH1N1 con lo sucedido en Europa con la Peste Negra. El paralelismo puede llegar a ser claro, y tiene que ver con el miedo a los contagiados. El contexto cultural de ambas épocas hará que cada uno de esos miedos se manifieste de manera distinta. Por un lado, en una sociedad netamente cristiana como lo era aquella cristiandad medieval, la enfermedad era considerada como un castigo al pecado, por lo que se buscaron a los responsables de aquel azote de Dios: las víctimas fueron los judíos y los leprosos, a quienes se les acusaba de envenenar los pozos; la violencia recayó sobre ellos(3).Hoy en día el miedo a los contagiados se manifiesta en actitudes de sospecha, no tan drásticas quizás como las practicadas en el Occidente medieval contra el judío y el leproso apuntados como responsables de la venganza de Dios, pero aún así se manifiesta un miedo. Se introduce a los que vuelven de viajes desde Norte América en una cuarentena preventiva en algunos casos, y en todos se monitorea con real cuidado. Los aeropuertos son los principales puntos de preocupación para las autoridades. Ante un contagio confirmado, se buscan a todas las personas que han tenido contacto con el receptáculo de la enfermedad, para realizarles todos los chequeos pertinentes, para así tener controlado, en cuento al conocimiento, de los casos de infectados. Hay un temor, hay un miedo que se manifiesta al nivel oficial tanto en los Estados y organismos mundiales, como hasta la sociedad misma. En el medioevo Occidental se sabía de la expansión de la Peste Negra, y como hoy se cuidan los aeropuertos y se recomienda no viajar a los países de Norte América, especialmente a México, en el comienzo de la expansión de la Peste por Europa las ciudades cerraban sus puertas, tal como lo hicieron en Avignon al saber que en Marsella las personas morían sin razón. Las autoridades tratan de proteger al país de la enfermedad desconfiando del que vuelve de los países con mayor número de contagios; la ciudad medieval se replegaba sobre sí misma, se protegía del extraño, pues de ellos se pensaba que transportaban la corrupción. “Los consejos municipales de la época adoptaron medidas para luchar contra la invasión de la enfermedad. Pero son, sobre todo, disposiciones para encerrarse tras las murallas y prohibir el ingreso de extranjero”(4).


Quizás, y es como lo plantea Georges Duby ,el paralelismo más estrecho en nuestra actualidad con la Peste Negra sea el Sida. Para muchos, aquella enfermedad es muestra del pecado, tal como era concebida la Peste Negra. Aún más si se compara a nuestro azote divino, el sida, con la lepra en su contexto medieval. Para el hombre de aquella época, la suciedad del alma se manifestaba en el cuerpo; es mediante esa mentalidad que el leproso pasaba a ser considerado como un pecador; eran considerados como devorados por el apetito sexual. Así, se hizo necesario aislar a estos pecadores, odiados por Dios y desagradables ante sus ojos. Tal como es mirado hoy en día el Sida, la lepra resultaba como un símbolo y muestra de la desviación sexual. El historiador francés comenta que “se encerraba a los leprosos tal como Le Pen sugirió que se encerrara a los enfermos de Sida”(5).


No obstante, no sólo estos aspectos que podríamos llegar a considerar como negativos de nuestra sociedad, encuentran algunas consonancias con el pasado medieval. Sensibilidades, cruzadas de ayuda humanitaria que se manifiestan cuando alguna catástrofe se hace presente, como una epidemia, también existieron en el medioevo Occidental. San Francisco de Asís se acercó a un leproso, tal como lo hacía Jesús, encontrando en aquel enfermo a Cristo. Georges Duby, además de ejemplificar con el santo mendicante, nos habla de mujeres al norte de Francia que consagraban su vida en cuidar a los leprosos. Tal como el miedo a las epidemias de hoy en día encuentra un eco del medioevo, la sensibilidad de ayudar a los afectados por estas enfermedades también encuentra un paralelo en la Edad Media. “Discernir las diferencias, pero también las concordancias entre lo que les infundía miedo y lo que nosotros tememos nos puede permitir encarar con mayor lucidez los peligros de hoy”(6). Es lo que piensa Duby sobre una utilidad de la historia. Sea cierto o no, es la mentalidad con la que Duby erige aquella obra.

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1: Citado por Duby. Año 1000, Año 2000; La huella de nuestros miedos. Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile 1995. p. 80.
2: Duby. op. cit. p. 84.
3: Ibíd. pp. 86-87.
4: Ibíd. p. 90.
5: Ibíd. p. 91.
6: Ibíd. p. 9.

Entorno a las fuentes medievales II: las fuentes diplomáticas.

Author: Mauricio /

El jueves 30 de abril se llevó a cabo la segunda sesión del Seminario Permanente de Estudios Medievales: “El medievalista y sus fuentes”, realizado en la Universidad de Chile. En dicha sesión, el historiador José Manuel Cerda se refirió a las fuentes diplomáticas.


En el comienzo, el historiador abordó el tema de a qué se refiere con una fuente diplomática. Hoy en día, si nos hablan de fuente diplomática del medioevo, se nos viene a la mente algún tipo de documento que haga alusión a las relaciones entre gobiernos, pensando siempre en el concepto de diplomacia. No es así. Las fuentes diplomáticas tienen que ver con los llamados diplomas medievales, documentos que si bien son emanados desde las cortes reales, no nos dan cuenta de las relaciones diplomáticas de éstas. Se tratan de fuentes que en su época funcionaban como certificados de la entrega de algún beneficio que el rey otorga a cierta persona, ya sea otro rey, a la Iglesia o a un gran señor.


(fig. 1: Liber Feodorum Maior(1))

El medievalista nos ubica en el siglo XII, y nos comenta que en el medioevo Occidental, al contrario de lo que se piensa comúnmente, la escritura no es un privilegio, sino un oficio. Sí, es una sociedad donde la capacidad de escribir se limita a cierta población, pero en la época el escribir era concebido como un oficio. Los diplomas medievales, por ejemplo, eran escritos por los escribanos (como nos muestra la figura 1), quienes realizaban una escritura muy fina. Es en el siglo XII, un siglo muy especial para ese espacio temporal que mal llamamos Edad Media, cuando empiezan a proliferar los documentos, entre ellos el diploma medieval. Muestra de aquella proliferación es el empeoramiento de la letra, por ejemplo. Dicha expansión del documento medieval se hace posible, también, cuando los gobiernos se van sedentarizando, lo que conlleva a registrar cada acto que éste realice.


Los diplomas medievales se escribían en pergaminos, los que se fabricaban en base al cuero de oveja, más barato que el cuero de vacuno. El cuero de oveja se puede curtir, lo que lo deja más liso para una escritura más práctica. En el siglo XII, se comienzan a utilizar elementos vegetales para la fabricación de los pergaminos. Ya entrando al siglo XIII, se comenzará a ocupar el fuero, pero aún así el pergamino no desaparecerá. Asimismo, la lengua con la cual el escribano daba muestra de los actos del gobierno, era el latín. Por lo que vemos, escribir es caro, en cuanto al material que se ocupa, como también al hecho de que el mismo acto es un oficio, por lo tanto, llevado a cabo por alguien especializado en él. Así, se puede apreciar que lo que se escribe tiene una importancia, la cual invita al gobierno a recurrir en dichos gastos.


El profesor Cerda también nos dio cuenta de las cartas, documentos oficiales también emanados de los gobiernos. Como vemos, acá el concepto carta no se refiere al significado que hoy posee. La carta que conocemos hoy en día, es conocida en la Edad Media como epístola.


El historiador chileno nos da a conocer una serie de herramientas que nos permiten acercarnos de buena manera a los diplomas y cartas medievales. En ese sentido, se hace necesario el manejo de la paleografía, la cual nos permitirá una lectura correcta de este tipo de documento. Como ya se mencionó, éstos se escribían en latín, por lo cual el conocimiento de esta lengua en su contexto medieval (latín medieval) se hace fundamental al momento de intentar un encuentro con los diplomas y cartas medievales. Asimismo, se requiere de la archivística para manejar la distribución de los archivos en los diferentes lugares donde estas fuentes del medioevo se encuentran hoy en día.


Uno de los momentos más emocionantes de aquella segunda sesión del seminario, fue cuando el medievalista nos habla sobre su experiencia con estas fuentes, mostrándonos algunas fotos que él mismo sacó cuando realizaba sus investigaciones, como también para comenzar a hablar de la estructura de un diploma. Los diplomas, en su comienzo, dan cuenta del donante y titulación, luego, precisan la dirección de la persona a quien va dirigido. Se especifica el beneficiario y, como es evidente, el beneficio que se le entrega, como también la locación y la datación. Sobre esto último, estas fuentes nos entregan un problema del que hay que estar al tanto. Si bien los diplomas castellanos están muy bien datados, hay que tener en cuenta que en la España medieval la era cristiana parte desde la resurrección de Cristo, cosa que no sucede en las demás regiones del medioevo Occidental, donde la era Cristiana es la misma que la que manejamos nosotros: comienza con el nacimiento de Jesús. Por esta razón, el medievalista que sale al encuentro de los diplomas de la España medieval, tiene que restarle 38 años a su datación, para que nos podamos ubicar correctamente en el tiempo. En el diploma medieval, se coloca el sello distintivo del donante, y junto a éste, a su lado, se establece la lista de testigos. Aquella lista nos puede servir, por ejemplo, para estudiar el ordenamiento social de la época, pues en ella aparecen nombres de gente importante para el entorno del rey.


Otro aspecto importante presente en los diplomas medievales, son los sellos con los cuales se cierran en estos documentos. Su forma por ejemplo, nos dicen la procedencia del diploma, en cuanto los sellos ovalados provienen de estamentos eclesiásticos, y los sellos redondos vienen de personajes seculares.


Para finalizar, el Dr. José Manuel Cerda nos habló de los lugares en los cuales se concentran estas fuentes. Principalmente, hay dos tipos: Archivos Estatales y los Archivos Eclesiásticos de Europa.


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1: En aquella imagen del Liber feudorum maior, se muestra a Ramón de Caldes, deán (párroco más importante de la iglesia de la ciudad) de Barcelona, quien lee a Alfonso II los diplomas del cartulario real. A la derecha, se puede observar al escribano, autor material de los diplomas. Detrás del rey, se aprecia a diversos personajes, miembros de la corte real.


Entorno a las fuentes medievales I: las fuentes literarias.

Author: Mauricio /


El pasado 26 de marzo se efectúo, en la Universidad de Chile, la primera sesión del Seminario Permanente de Estudios Medievales: El medievalista y sus fuentes. En dicha sesión, se realizó una revisión a las fuentes literarias, llevada a cabo por la historiadora María Eugenia Góngora y la filóloga María Isabel Flisfisch.


Cabe preguntarse, y es lo que hace María Eugenia Góngora, ¿cuáles son las fuentes literarias para el estudio del medioevo? La respuesta es categórica: existe una cantidad enorme de manuscritos que evidencian la experiencia literaria del medioevo. Grandes poemas del Occidente medieval que nos han llegado hasta nosotros son muestra de aquello, formando parte de la historia literaria de Occidente. Poemas tales como el Cantar de Mio Cid, el Cantar de Roland, el poema épico anglosajón de Beowulf, entre otros. Pues bien, la medievalista chilena se plantea la problemática que todo historiador se debería plantear: el problema de las fuentes. La historiadora María Eugenia Góngora nos cita al notable medievalista francés, Jacques Le Goff, para plantear dicha dificultad en la investigación histórica:


“En cuanto al término ‘fuente’, me incomoda. Por una parte, la palabra me seduce, ya que convierte al documento en algo vivo, una fuente de vida; pero por otra, puede inducir –y ha inducido a algunos historiadores– a pensar que la historia ‘cae por su propio peso’, que sale ya hecha de los documentos. Para los historiadores ‘positivistas’ del siglo XIX y de principios del siglo XX, bastaba con reunir esos documentos, hacer una crítica de los mismos desde el punto de vista de la autenticidad (demostrar que no eran falsos; la historia de las falsificaciones constituye una bella página de la historiografía) para que estuviera hecha la obra histórica. Aprendí de mis maestros de los Annales que es el historiador quien crea el documento y otorga a los indicios, a los vestigios, como diría Carlo Ginzburg, el estatus de fuente. El cuestionario del historiador, las preguntas que se plantea y que plantea (una parte esencial de su oficio), constituye la base de la historiografía, de la Historia" (1).


(fig. 1: primera página de Beowulf)

Y las literarias, a parte de la ya mencionada problemática en cuanto a su calidad de fuente, nos producen otro problema: su validez para el estudio histórico. Por mucho tiempo la historiografía ha dejado de lado las fuentes de carácter literario, pues eran consideradas meras creaciones fantásticas, incapaces de mostrarnos indicios de una realidad histórica. Los combates ganados por las nuevas perspectivas en cuanto a todo lo relacionado al oficio del historiador, específicamente al uso de las fuentes, nos han abiertos nuevos horizontes respecto a aquéllas. Hoy, podemos considerar que todo lo creado por hombre es fuente para la historia. Lo importante recae en la capacidad del historiador en poder interpretarlas, conociendo sus limitaciones para ser transformadas en conocimiento histórico. Como lo dice Le Goff, en la capacidad del historiador en crear sus fuentes.


Y es que las fuentes literarias nos reflejan, ante todo, una mentalidad. Mente creadora, cuya creación se inserta en un momento histórico que muchas veces deja salir en su obra, dándonos muestras de algunos aspectos de dicha circunstancia histórica. Y acá entra la capacidad interpretativa del historiador en poder descubrirlas. Algo nos dicen de su momento el Cantar del Mio Cid; el espíritu caballeresco y el viaje; quizás los dos temas más importantes de esa realidad medieval que encontramos en tal hermoso cantar de gesta.


(Fig. 2: Protestificatio de Scivias, Fol. 1, Facsímil de Eibingen del códice de Ruperstberg)


Pues bien, ya con aquella pequeña teorización acerca de las fuentes históricas y a las que respectan al mundo literario, retomaremos el camino por el cual nos lleva la historiadora María Eugenia Góngora y la filóloga María Isabel Flisfisch. La primera nos presenta Hildergard von Bingen; una abadesa alemana. Nació en la postrimería del siglo XI (1098) y murió en el siglo XII (1179). En definitiva, una mujer del siglo XII. Hildegard escribió importantes obras de carácter teológico, como también se dedicó a la composición musical. La abadesa alemana, tal como lo hacían las que a su contexto pertenecían (y tal como lo muestra la figura 2), escribían en una tablilla de cera. La obra de Hildegard se nos presenta como una rica fuente del medioevo Occidental.


Por otro lado, la filóloga María Isabel Flisfisch, nos invita a descubrir otras estructuras de lenguajes, más allá de las palabras materializadas en la escritura, sino también descubrir e interpretar el lenguaje de la arquitectura (pues el monumento hace rato que nos es una fuente para aproximarnos a la Edad Media), el de la música y el de las imágenes, entre otras. Se trata de un ‘Metalenguaje’, que posee sus propios códigos metalingüísticos, que nos vislumbran una mentalidad determinada. Para la filóloga, “puede pensarse en un lenguaje de las imágenes, que puede ser descifrado, traducido”; en conclusión, una otra “literatura”, que espera ser interpretada. Una forma más, de acercarse a la Edad Media.


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1: Le Goff, Jacques. En busca de la Edad Media. Paidós, Barcelona 2003. pp. 31-32. [La historiadora no realiza la cita exacta, sólo los enunciados esenciales de aquel párrafo]