La figura de Cristóbal Colón es enigmática, y quizás se deba al propio alcance que adquiriría su descubrimiento; alcance que en todas sus particularidades Colón nunca imaginó. También es una figura enigmática porque se hace dificultoso establecer su pertenencia al medioevo o a la modernidad. Esa no es culpa de Colón, sino de la propia creación de períodos de la Historia. Establecer cortes precisos para distinguir a dos estructuras que se suponen y preconciben como totalmente diferentes genera este tipo de cuestionamientos, abordados dentro de la historiografía, como también calificado como un problema falso y un juego pueril.(1) Entendemos que los cambios son procesos lentos, sobretodo en el ámbito de las mentalidades, y en ese contexto se hace engorroso establecer un absoluto en la pertenencia de Colón a una época, ya sea a la Edad Media o a la Edad Moderna. En efecto, los descubrimientos de Colón se sitúan justo en la división arbitraria entre ambas edades, y es más, muchas veces se ocupan a los mismos descubrimientos colombinos como punto de escisión entre una edad y la otra. En ese contexto, insistimos: los cambios son procesos lentos, y Colón es parte de aquel proceso. El marino genovés representa la transición, pues en él permanecen, como lo demostraremos a continuación, ciertas mentalidades propias del periodo tardo-medieval, como lo es la del Homo Viator, amante de viajes y aventuras, y fuente de toda una estructura imaginaria que se origina a partir de este verdadero tópico medieval como lo es el viaje.
En efecto, la civilización del Occidente medieval en su etapa más tardía comienza un proceso de verdadera efervescencia, siendo la migración como desplazamiento una muestra de aquello. Se peregrina a lugares santos, ya sea a monasterios con reliquias, o a la propia Tierra Santa, siendo el tropel de los caballeros cruzados la gran muestra de aquel peregrinaje militar. Se practica comercio con culturas que están afuera de ese Occidente medieval, a cargo de genoveses y venecianos que llegan hasta Crimea practicando el comercio. El auge de la urbe medieval trae consigo pequeñas migraciones campo-ciudad. Hay un gran movimiento externo e interno en la Europa medieval, transformando al desplazamiento, al viaje, en una práctica que “pone en marcha la capacidad para cruzar un límite, para afrontar una alteridad.”(2) Es una capacidad puesta al servicio de la aventura hacia lo desconocido; aventura que se vive en lo cotidiano en el medioevo Occidental. Es bajo este contexto que se va erigiendo la figura del Homo Viator, el que viaja, en muchas ocasiones, hacia lo que desconoce. Lo relatos de viajes abundan en la época más tardía de la Edad Media, siendo Marco Polo unos de los personajes más característicos que nos entrega un relato de este tipo. Y fue Colón un ávido lector del aventurero veneciano.
Ya tenemos los rasgos más característicos del Homo Viator, pero ¿es factible darle a Colón aquella mentalidad? Sin ir más lejos, en nuestro país, la historiadora Olaya Sanfuentes en su última publicación(3) nos ha acercado a la tesis de Colón como el último viajero medieval, la cual ya la había desarrollado previamente en un artículo.(4) En dicho artículo, la historiadora nacional nos presenta al marino genovés como un “heredero de la tradición medieval de viajeros que parten hacia Oriente en búsqueda de aventuras, riquezas, maravillas y pueblos que cristianizar”.(5) Cristóbal Colón buscaba Oriente, y sus cálculos de la distancia que separaba a Europa con las lejanas tierras que Marco Polo visitó, lo hizo pensar que efectivamente llegó a las Antillas, o dicho de otro modo, a unas islas que estarían cerca del archipiélago japonés. Convencido de aquello, en el marino genovés se manifiesta todo un entramado imaginario que buscaba poder calzar lo que observaba dentro de los patrones de lo que debería observar, es decir, un paisaje oriental de acuerdo a lo que decían los viajeros que en algún momento alcanzaron esas tierras y que Colón había leído con anterioridad. Los relatos de viajeros medievales que llegaban a Oriente son fuente de todo un mundo donde la mirabilis medieval se manifestaba: lo maravilloso. Y es que no todos los viajes fueron físicos. Junto con el éxito de los viajes de Marco Polo, están los viajes imaginarios de Sir John Mandeville, tan o más leído que el viajero veneciano. Prueba de esa mirada medieval al viaje, al encuentro con el Otro, con lo desconocido y maravilloso. Encuentro que se nos presenta en el epistolario de Cristóbal Colón, en cuanto éste nos dice que algunos habitantes del Nuevo Mundo, según le contaban, “no tenían sino un ojo y la cara de perro”.(6) Como dice la historiadora Olaya Sanfuentes, a pesar de que el marino genovés nunca vio a los seres fabulosos que nos describe en sus cartas, su viaje debía poseer “el encuentro con seres diferentes para legitimarse como tal”(7); como un viaje que alcanzó Oriente, un Oriente que se había ido constituyendo, gracias a toda esta rica tradición de viajeros medievales, como un lugar de seres maravillosos y extraños. Colón representa la transición histórica; personaje en el cual se manifiestan mentalidades que no respetan las divisiones históricas; un hombre en el cual la larga duración histórica toma sentido, esta larga duración del Homo Viator como un verdadero ser; un ser hecho para la aventura y el encuentro con el Otro desconocido, con lo maravilloso y extraño. Un Homo Viator medieval, una mentalidad que vivió en el marino genovés, que propició un elemento más para el impulso viajero de Colón, para la migración que éste buscaba hacia Oriente. El Homo Viator representa en Cristóbal Colón esa Edad Media larga, ese medioevo que se desplaza, que ya no quiere estar encerrado sobre sí mismo en el Viejo Continente; se busca romper las fronteras, viajando hacia lo desconocido; un Occidente que busca migrar, que busca al Otro. Representa una cristiandad que mira hacia el infiel, que busca la posibilidad de encontrar otros pueblos cristianos que puedan existir más allá de los límites propios de Europa. La tesis de Sanfuentes resulta atrayente y coherente, y en efecto, es algo real que se manifiesta en Colón. Esa necesidad de amoldar lo que ve a todo un paisaje que se entiende, en la estructura mental del hombre europeo, como Oriental; paisaje erigido a través de una larga práctica de viajes hacia Oriente, ya sean, como hoy lo sabemos, de manera efectivamente física (Marco Polo y su ruta de la seda) o de manera imaginaria, desde el escritorio y con una gran biblioteca de respaldo (Sir John Mandeville). Toda esta tradición creó una imagen de Oriente, la cual bien conocía el marino genovés, y trató de representarla en sus cartas para dotar a su viaje de ese elemento que buscaba, ese elemento oriental.
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1: Heers, Jacques. La invención de la Edad Media. Crítica, Barcelona, 1995. p. 13.
2: Morales, Susana; Fernández, Sonia. “El Mediterráneo a través de la ficción: el extraño caso de Sir John Mandeville”, en Anuarios de Estudios Medievales (AEM), Granada, 2006. p. 347.
3: Sanfuentes, Olaya. Develando el Nuevo Mundo; Imágenes de un proceso. Ediciones Universidad Católica de Chile, 2009.
4: Sanfuentes, O. “Cristóbal Colón: el último viajero medieval”, en Patrimonio Cultural, Nº 33, DIBAM, Primavera 2004. pp. 6-7.
5: Íbid. p. 6.
6: Colón, C. Relaciones y cartas de Cristóbal Colón, Biblioteca Clásica, tomo CLXIV, Madrid, 1892. p. 77.
7: Sanfuentes. “Cristóbal…” Op. cit. p. 6. El relato citado hace referencia al pueblo que habitaba la isla de Bohío, aquellos que comían carne humana… los caníbales, un concepto netamente colombino y que marcará, durante mucho tiempo, las crónicas sobre la conquista de América.
En efecto, la civilización del Occidente medieval en su etapa más tardía comienza un proceso de verdadera efervescencia, siendo la migración como desplazamiento una muestra de aquello. Se peregrina a lugares santos, ya sea a monasterios con reliquias, o a la propia Tierra Santa, siendo el tropel de los caballeros cruzados la gran muestra de aquel peregrinaje militar. Se practica comercio con culturas que están afuera de ese Occidente medieval, a cargo de genoveses y venecianos que llegan hasta Crimea practicando el comercio. El auge de la urbe medieval trae consigo pequeñas migraciones campo-ciudad. Hay un gran movimiento externo e interno en la Europa medieval, transformando al desplazamiento, al viaje, en una práctica que “pone en marcha la capacidad para cruzar un límite, para afrontar una alteridad.”(2) Es una capacidad puesta al servicio de la aventura hacia lo desconocido; aventura que se vive en lo cotidiano en el medioevo Occidental. Es bajo este contexto que se va erigiendo la figura del Homo Viator, el que viaja, en muchas ocasiones, hacia lo que desconoce. Lo relatos de viajes abundan en la época más tardía de la Edad Media, siendo Marco Polo unos de los personajes más característicos que nos entrega un relato de este tipo. Y fue Colón un ávido lector del aventurero veneciano.
Ya tenemos los rasgos más característicos del Homo Viator, pero ¿es factible darle a Colón aquella mentalidad? Sin ir más lejos, en nuestro país, la historiadora Olaya Sanfuentes en su última publicación(3) nos ha acercado a la tesis de Colón como el último viajero medieval, la cual ya la había desarrollado previamente en un artículo.(4) En dicho artículo, la historiadora nacional nos presenta al marino genovés como un “heredero de la tradición medieval de viajeros que parten hacia Oriente en búsqueda de aventuras, riquezas, maravillas y pueblos que cristianizar”.(5) Cristóbal Colón buscaba Oriente, y sus cálculos de la distancia que separaba a Europa con las lejanas tierras que Marco Polo visitó, lo hizo pensar que efectivamente llegó a las Antillas, o dicho de otro modo, a unas islas que estarían cerca del archipiélago japonés. Convencido de aquello, en el marino genovés se manifiesta todo un entramado imaginario que buscaba poder calzar lo que observaba dentro de los patrones de lo que debería observar, es decir, un paisaje oriental de acuerdo a lo que decían los viajeros que en algún momento alcanzaron esas tierras y que Colón había leído con anterioridad. Los relatos de viajeros medievales que llegaban a Oriente son fuente de todo un mundo donde la mirabilis medieval se manifestaba: lo maravilloso. Y es que no todos los viajes fueron físicos. Junto con el éxito de los viajes de Marco Polo, están los viajes imaginarios de Sir John Mandeville, tan o más leído que el viajero veneciano. Prueba de esa mirada medieval al viaje, al encuentro con el Otro, con lo desconocido y maravilloso. Encuentro que se nos presenta en el epistolario de Cristóbal Colón, en cuanto éste nos dice que algunos habitantes del Nuevo Mundo, según le contaban, “no tenían sino un ojo y la cara de perro”.(6) Como dice la historiadora Olaya Sanfuentes, a pesar de que el marino genovés nunca vio a los seres fabulosos que nos describe en sus cartas, su viaje debía poseer “el encuentro con seres diferentes para legitimarse como tal”(7); como un viaje que alcanzó Oriente, un Oriente que se había ido constituyendo, gracias a toda esta rica tradición de viajeros medievales, como un lugar de seres maravillosos y extraños. Colón representa la transición histórica; personaje en el cual se manifiestan mentalidades que no respetan las divisiones históricas; un hombre en el cual la larga duración histórica toma sentido, esta larga duración del Homo Viator como un verdadero ser; un ser hecho para la aventura y el encuentro con el Otro desconocido, con lo maravilloso y extraño. Un Homo Viator medieval, una mentalidad que vivió en el marino genovés, que propició un elemento más para el impulso viajero de Colón, para la migración que éste buscaba hacia Oriente. El Homo Viator representa en Cristóbal Colón esa Edad Media larga, ese medioevo que se desplaza, que ya no quiere estar encerrado sobre sí mismo en el Viejo Continente; se busca romper las fronteras, viajando hacia lo desconocido; un Occidente que busca migrar, que busca al Otro. Representa una cristiandad que mira hacia el infiel, que busca la posibilidad de encontrar otros pueblos cristianos que puedan existir más allá de los límites propios de Europa. La tesis de Sanfuentes resulta atrayente y coherente, y en efecto, es algo real que se manifiesta en Colón. Esa necesidad de amoldar lo que ve a todo un paisaje que se entiende, en la estructura mental del hombre europeo, como Oriental; paisaje erigido a través de una larga práctica de viajes hacia Oriente, ya sean, como hoy lo sabemos, de manera efectivamente física (Marco Polo y su ruta de la seda) o de manera imaginaria, desde el escritorio y con una gran biblioteca de respaldo (Sir John Mandeville). Toda esta tradición creó una imagen de Oriente, la cual bien conocía el marino genovés, y trató de representarla en sus cartas para dotar a su viaje de ese elemento que buscaba, ese elemento oriental.
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1: Heers, Jacques. La invención de la Edad Media. Crítica, Barcelona, 1995. p. 13.
2: Morales, Susana; Fernández, Sonia. “El Mediterráneo a través de la ficción: el extraño caso de Sir John Mandeville”, en Anuarios de Estudios Medievales (AEM), Granada, 2006. p. 347.
3: Sanfuentes, Olaya. Develando el Nuevo Mundo; Imágenes de un proceso. Ediciones Universidad Católica de Chile, 2009.
4: Sanfuentes, O. “Cristóbal Colón: el último viajero medieval”, en Patrimonio Cultural, Nº 33, DIBAM, Primavera 2004. pp. 6-7.
5: Íbid. p. 6.
6: Colón, C. Relaciones y cartas de Cristóbal Colón, Biblioteca Clásica, tomo CLXIV, Madrid, 1892. p. 77.
7: Sanfuentes. “Cristóbal…” Op. cit. p. 6. El relato citado hace referencia al pueblo que habitaba la isla de Bohío, aquellos que comían carne humana… los caníbales, un concepto netamente colombino y que marcará, durante mucho tiempo, las crónicas sobre la conquista de América.